La verdadera tragedia no es tener miedo. Es seguir viviendo como si fuera normal.
Y si cada mañana te miras al espejo y finges que no pasa nada, pero por dentro ya sabes la verdad… entonces este texto te va a tocar donde más duele. Porque no se trata solo de cabello. Se trata de esa sensación de ver cómo tu imagen cambia sin pedir permiso. De notar la raya más ancha. De esconderte en fotos. De acomodarte el peinado con una mano temblorosa mientras finges seguridad. De cargar con una vergüenza silenciosa que no le cuentas ni a tu pareja.
Lo peor no es el espejo. Lo peor es el cuerpo. Esa pesadez rara en la cabeza. La comezón que aparece cuando menos la quieres. El cansancio que ya se volvió parte de tu forma de ser. La sensación de que algo se está yendo, poquito a poquito, y tú solo puedes mirar. Eso desgasta. Eso rompe. Eso te roba años en silencio.
Y cuando empiezas a buscar respuestas, te topas con lo mismo de siempre: promesas infladas, productos caros, frascos bonitos, anuncios que gritan milagros. Pero la realidad es más cruel. Muchas veces las soluciones más simples casi nunca llegan a los grandes anuncios… porque no dejan suficiente dinero. Nadie se hace rico vendiendo lo que cuesta 20 pesos en el mercado. Por eso la mayoría sigue buscando afuera lo que su cuerpo ya está pidiendo en silencio desde hace años.
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