El día de mi graduación humillé al hermano que me crió

Lo que había en el taller

La casa de la infancia tenía otras cortinas y otro perro en el patio. Un vecino me explicó, incómodo, que Ramiro la había vendido hacía cuatro años. Me dijo dónde encontrarlo.

 

 

 

 

Entré al taller de don Eusebio y me quedé completamente paralizada. Detrás de las máquinas, en un rincón, había un colchón en el suelo, una olla y una caja con ropa. Mi hermano estaba sentado en un banco bajo, más flaco de lo que lo recordaba, lijando con cuidado una mesa de dibujo enorme, de madera clara, con un cajón para los planos.

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—Llegaste —dijo, sin sorpresa—. Todavía me falta el barniz. Era para tu oficina nueva. Pensé que ya no la querrías.

 

 

 

Sobre una repisa había un cuaderno gastado. Lo abrí. Estaban anotados, con su letra, todos los gastos de mi carrera: la matrícula, los  libros, el alquiler del cuarto, los pasajes. Y al lado de cada cifra, de dónde había salido el dinero. La casa. El auto de papá. Las horas extra de los sábados.

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